Traducción Inglés-Español: Ninoo-chan
Traducción Japonés-Inglés: Watashi wa Sugoi Desu
Epilogo +18
Cuando Seiichirou y Aresh bajaron del carruaje, la puerta de la mansión se abrió desde dentro antes siquiera de que se acercaran.
—Bienvenidos a casa —saludó con amabilidad Valtom, el mayordomo—. Señor Aresh y señor Kondoh.
Valtom y Milan, la doncella, se inclinaron al unísono ante Seiichirou y Aresh.
—He vuelto —respondió Aresh.
—Qué alegría estar de nuevo en casa —devolvió el saludo Seiichirou.
Milan ayudó a Aresh a quitarse la capa y la recogió en sus brazos para llevarla a limpiar.
—Ya tengo preparado el baño, pero ¿desean los señores cenar antes? —preguntó Milan.
Aresh se volvió hacia Seiichirou. —¿Tienes hambre?
—Me encantaría, pero todavía no tengo mucha hambre —respondió Seiichirou—. ¿Puedo ir un rato a descansar a mi habitación?
—Tu idea de «descansar» también puede significar trabajar. No habrás traído escondidos algunos documentos, ¿verdad? —inquirió Aresh con suspicacia.
—Ni hablar —negó Seiichirou—. Solo quería tumbarme un rato mientras leo un libro.
Tras un largo silencio, Aresh cedió: —De acuerdo. Valtom, cenaremos dentro de media hora.
Cuando Aresh miró de nuevo al mayordomo y se lo comunicó, este entrecerró los ojos con una leve sonrisa, mientras que los de Milan brillaron de emoción.
—Muy bien, señor. También le diré a Pavel que prepare el Kalarapy —añadió ella.
Aresh asintió.
Luego, con una elegante reverencia, los sirvientes se retiraron a toda prisa a sus tareas.
—Aresh, ¿qué es el Kalarapy? —preguntó Seiichirou.
Era una palabra desconocida, pero si Pavel tenía que prepararlo, sin duda sería algún tipo de plato.
Lo que más curiosidad le daba era por qué Milan lo había sugerido. Tras un momento de silencio, Aresh miró a Seiichirou; sin embargo, el caballero apartó rápidamente la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
Aún de lado, carraspeó y explicó: —Es un dulce que se come en mi tierra natal para celebrar algo… especial. Concretamente, para celebrar un compromiso o un matrimonio. Lo estamos celebrando ahora…
Seiichirou se quedó perplejo ante aquellas palabras. De pronto, el funcionario real abrió los ojos de par en par al recordar el beso que acababan de compartir dentro del carruaje.
—¡¿¡QUÉ!? ¿Nos visteis, Valtom, Milan!? —exclamó Seiichirou, completamente rojo.
Nadie respondió a su grito avergonzado. Aun así, él y Aresh terminaron comiendo Kalarapy juntos bajo la mirada cariñosa y cómplice de los tres sirvientes.
El Kalarapy resultó ser una especie de pastelito.
Cuando Pavel apareció sonriente con una montaña de pastelitos de tamaño considerable, la curiosidad de Seiichirou superó por completo a la vergüenza: ¿cómo demonios había preparado el cocinero tanta cantidad en tan poco tiempo?
Evidentemente, no pudieron terminárselos todos, así que Pavel se llevó feliz el resto para repartirlos entre el resto del servicio de Aresh y los vecinos.
Seiichirou se preguntaba qué dirían al entregarles el Kalarapy a los vecinos, pero ya no había forma de detenerlos.
—Seiichirou, ¿no vas a bañarte? —preguntó Aresh.
Acababa de salir del baño caliente tras la cena y entró en la habitación de Seiichirou, encontrándolo tumbado boca abajo en la cama.
—¿Estás dormido? —volvió a preguntar.
—No… —respondió este con voz pastosa.
Seiichirou se revolvió un poco antes de incorporarse. Luego intentó alcanzar la mano de Aresh.
—¿Qué pasa? —preguntó el caballero, aceptando la mano y entrelazándola con la suya.
Frunció el ceño. Intentó mirar el rostro de Seiichirou por si había algún problema, y este comprendió que el caballero estaba preocupado.
Sin embargo, lo que Seiichirou no entendía era por qué Aresh se preocupaba tanto por algo tan pequeño.
Tal vez fuera una diferencia cultural: tumbarse boca abajo podía interpretarse como señal de enfermedad en este mundo, pensó.
—¿Tienes fiebre? —preguntó Aresh, confirmando la hipótesis.
Al ponerle la mano en la frente, no había rastro de fiebre.
Seiichirou alzó la vista para decirle que estaba bien, pero se encontró con el rostro de Aresh a una distancia inesperadamente cercana, y sus miradas se cruzaron.
La mano de Aresh bajó lentamente de la frente hasta posarse en la mejilla, acariciándola suavemente con el pulgar. Cuando llegó al mentón, ejerció una leve presión.
Seiichirou se dejó hacer cuando Aresh le levantó la barbilla. Cerró los ojos y aceptó el roce de los labios del caballero sobre los suyos.
Se separaron tras unos cuantos besos suaves. Seiichirou miró fijamente a Aresh mientras este se apartaba, soltando un hondo suspiro.
—No me pasa nada. Ni siquiera estoy enfadado —le aseguró—. Solo… un poco avergonzado.
Aresh lo miró confundido. —¿Por qué?
Parecía que aún era demasiado joven para avergonzarse de que sus sirvientes los felicitaran por su recién florecida relación.
—¿Cómo van a hacer Valtom y los demás algo que pueda avergonzarte? —preguntó con total inocencia.
Se notaba que Aresh estaba de excelente humor, aunque no se reflejara demasiado en su rostro. Entonces Seiichirou recordó que el apuesto hombre frente a él era un noble de una familia de marqueses.
Claro, él, que era plebeyo, no estaba acostumbrado a esas cosas.[1]
Y tal vez, como plebeyo, no pudiera ir en contra de la voluntad de un noble.
Normalmente a Seiichirou le parecía bien callar y aceptar las diferencias de valores, pero ahora que había decidido entrar en una relación con Aresh, tenía que expresar claramente sus sentimientos.
—Entiendo, pero en el país donde nací, en mi mundo anterior, no solemos expresar los sentimientos de forma tan explícita. Por eso me dio vergüenza.
—No lo sabía. Pensaba que eras bastante expresivo en tus cartas —respondió Aresh, todavía confuso—. De acuerdo, se lo diré a Valtom.
Aunque Aresh no parecía haberlo entendido del todo, por ahora bastaba.
Aliviado, Seiichirou le dio las gracias. Poco después, volvió a ser besado.
—Nnh… ¿mmh…? —se le escapó entre beso y beso.
Mientras lo besaba, algo hizo clic en la mente de Seiichirou. ¿Mis cartas?
Algo húmedo se coló por la rendija de sus labios, pidiendo permiso en silencio para explorar. Estaba a punto de abrir la boca para profundizar el beso cuando una creciente incomodidad le hizo abrir los ojos de golpe.
Seiichirou se apartó de inmediato. —¿Qué has querido decir con «mis cartas»?
—Las respuestas a las cartas que te envié —respondió Aresh.
Las palabras del caballero hicieron que un escalofrío recorrer la espalda de Seiichirou mientras los labios de aquel rozaban apenas el lóbulo de su oreja.
Era como si solo con la voz de Aresh se estuviera encendiendo, poniéndose cada vez más nervioso. Cuando Aresh intentó besarlo de nuevo, el otromundano sacudió la cabeza repetidamente para esquivarlo.
—Mis respuestas… —murmuró horrorizado—. ¡Imposible…!
Seiichirou intentó levantarse de la cama y huir por reflejo, pero su cuerpo fue fácilmente atraído de vuelta a los fuertes brazos de Aresh.
Sin embargo, esta vez no iba a rendirse tan fácil.
—¡¡Las leíste!! —gritó presa del pánico.
—Eran cartas dirigidas a mí. ¿Qué tiene de malo que las leyera? —se defendió Aresh con rapidez.
Durante la expedición, al prolongarse la misión para exterminar completamente a las bestias mágicas, Aresh le había enviado cartas a Seiichirou todos los días.
Sin embargo, no recibió ni una sola respuesta.
Eso no significaba que Seiichirou no hubiera intentado contestar.
En realidad, había escrito una respuesta para cada carta de Aresh, pero no se había atrevido a pedirle al mensajero del palacio real que las enviara junto con los informes habituales.
Como nunca llegaron a ser entregadas, Seiichirou las había guardado a buen recaudo en el cajón de su escritorio.
—No creo que sea correcto hurgar en mis cajones sin permiso, aunque seas el dueño de la casa —le reprochó—. Es una invasión a la intimidad.
—No fui yo. Me las dio Valtom —se defendió Aresh.[2]
—¡¡¿Valtom?!! —chilló Seiichirou.
Probablemente ocurrió mientras estaba ingresado en la enfermería del palacio.
Seguramente antes de que Valtom lo visitara para regañarlo sobre el estado de Aresh. Por eso la opinión que tenía Seiichirou del mayordomo cayó en picado.
No era de extrañar que Valtom hubiera sido tan cálido al recibirlo de vuelta del hospital; al parecer lo había perdonado tan rápido gracias a esa invasión de privacidad. Y Aresh, que Seiichirou creía que estaba de muy mal humor entonces, se mostró notablemente más suave con él al recibir el alta.
—Devuélvelas… —suplicó.
—Tú pensabas enviármelas de todas formas —objetó Aresh—. No veo por qué no puedo quedármelas.
—¡Iba a hacerlo, así que técnicamente todavía son mías…! ¡Oye, espera…!
Sin poder contenerse más, Aresh deslizó la mano bajo la camisa de Seiichirou y acarició su piel, haciendo que este se derritiera entre sus brazos. Fue atraído hacia su pecho y recibió besos en las mejillas y las orejas.
Seiichirou gimió: —Aresh… todavía no me he bañado…
—Nos vamos a ensuciar de todas formas, así que luego nos bañamos juntos —dijo Aresh, asegurándolo firmemente entre sus brazos.
Tras cubrirlo de besos, hundió la nariz en el cuello del otromundano. Seiichirou sintió cómo su temperatura corporal subía rápidamente.
—¡Oye…! ¡No me huelas! —protestó—. Oleré mejor después del baño…
Aresh susurró contra su clavícula: —Ya no puedo esperar más… ha pasado demasiado tiempo.
—Ngh… idiota… —Seiichirou tuvo que rendirse de mala gana y dejó que las caricias de Aresh lo vencieran.
Sin más palabras, las grandes manos de Aresh se deslizaron desde debajo de sus brazos hasta el pecho. El caballero lo deseaba más que nada en el mundo y no quería desperdiciar ni un segundo.
Seiichirou rodeó el cuello de Aresh con los brazos para devolverle el abrazo, intentando aferrarse a él con la misma fuerza con que era abrazado.
En el breve silencio, Seiichirou dejó escapar suaves gemidos ante cada caricia gentil de Aresh. Ninguna estaba exenta de placer; se iban acumulando una tras otra conforme pasaba el tiempo.
Ese tipo de contacto ya no era extraño para ellos, pero era la primera vez que lo hacían por puro deseo íntimo; la necesidad de acostumbrarse había superado con creces las ganas de calor del otro.
No solo era la primera vez que se abrazaban por amor, sino que además Seiichirou estaba completamente consciente, sin intoxicación mágica ni al borde de la muerte, lo que les permitió ir tan despacio como quisieran.
—¡Ah! —Seiichirou se tensó de repente—. Allí…
Se estremeció al sentir el dedo de Aresh en su entrada, aunque estaba preparado.
Aresh se detuvo y le preguntó preocupado: —¿No quieres?
Para tranquilizar al hombre que amaba, Aresh se inclinó y le besó la frente. Seiichirou negó en silencio con la cabeza, dócil.
Seiichirou había pensado que Aresh no se interesaría por él al ser también hombre, pero incluso sabiendo los sentimientos del caballero, este había mostrado un autocontrol increíble y había esperado hasta que sus sentimientos fueran mutuos.
Ese día, Seiichirou terminó deseando lo mismo.
Miró fijamente los ojos amatista de Aresh, oscurecidos por el deseo.
Lentamente, besó su oreja y susurró: —Te quiero… dentro de mí…[3]
Aresh se aseguró de preparar bien a Seiichirou y de lubricar abundantemente su entrada con aceite. Luego empezó a entrar poco a poco.
Puede que no fuera la primera vez que Seiichirou era abrazado dulcemente por Aresh, pero sí la primera vez que sentía realmente su calor dentro de sí. Respiró hondo varias veces, intentando relajarse al máximo.
—Ah, aah… —gimió cuando Aresh empezó a moverse—. Aaah…
No le dolía. Seguía incómodo, pero solo porque no estaba acostumbrado. Iba a aferrarse a las sábanas, pero sus manos fueron interceptadas y apartadas.
—¿Aresh…?
—Tus manos deben estar aquí —respondió el caballero.
Colocó las manos de Seiichirou en su espalda para que el hombre bajo él se aferrara toda la noche. Antes de que pudiera responder, Aresh volvió a moverse, haciendo que el otromundano se agarrara con más fuerza.
—¡Aaaah…! —gritó de placer—. ¡A-Aresh…!
Seiichirou quería que fuera más despacio, pero de su boca solo salían jadeos y gemidos. Al final, solo pudo aferrarse al caballero con todas sus fuerzas.
Aresh siguió embistiendo, su aliento caliente rozando la piel de Seiichirou, gruñidos graves escapando de su garganta directamente al oído del otromundano mientras lo abrazaba. Seiichirou sentía cada vez más calor, como si la temperatura de ambos cuerpos se estuviera fundiendo.
Ah, cierto…
Mientras era incapaz de pensar en nada más, comprendió que estaba enamorado de la voz de Aresh.
—Creo que debería haber un límite —masculló Seiichirou de mal humor.
Se había despertado esa mañana en la cama junto a su amante, ocho años menor que él. Aunque todavía estaba adormilado, había algo que debía dejar claro cuanto antes.
—¿Un límite a qué? —preguntó Aresh, que también acababa de despertar.
Estaba de tan buen humor que no notó el tono molesto de Seiichirou. Tras preguntar, besó feliz la frente de este.
—Escucha, Aresh —dijo Seiichirou con voz firme—. Definitivamente no tenemos la misma resistencia física, edad, profesión ni constitución.
Quien escuchaba era el capitán de veintidós años del escuadrón de caballeros más fuerte del reino.
Y quien tenía que recordarle sus diferencias era un adicto al trabajo de treinta años, débil a la mana y a la magia, y con una constitución frágil de por sí.
Si comparaban su fuerza física, la diferencia sería de al menos diez veces.
Además, como Seiichirou no solía hacer ese tipo de ejercicio nocturno, al despertar todo su cuerpo le dolía.
—Ya —Aresh entendió perfectamente a qué se refería.[4]
—Contando todo eso, no quiero hacerlo más de una vez por semana hasta mi día libre —declaró Seiichirou.
Aresh se quedó de piedra. —¡¿Qué?!
Ante la propuesta de Seiichirou, el caballero se incorporó rígido.
—¡¿¡Solo una vez por semana!? —exclamó incrédulo—. ¡Tienes que estar bromeando!
—No bromeo. Si lo hacemos tan a menudo, para mí deja de ser divertido —respondió Seiichirou con firmeza.
Al ver que Seiichirou estaba algo pálido y seguía postrado en la cama, Aresh comprendió que quizá la noche anterior lo había abrazado con demasiada fuerza. Arrepentido, lanzó un hechizo de curación ligera sobre él.
—Lo siento —se disculpó—, pero una vez por semana me parece muy poco.
Era muy poco para Aresh, un joven que acababa de ver correspondidos los sentimientos hacia su primer amor, pero era el límite que el cuerpo —y el trasero— de Seiichirou podían soportar.
Sacudiendo la cabeza, consciente de la fragilidad de Seiichirou y de que no era bueno someterlo a demasiado estrés, Aresh pensó un rato y se le ocurrió una idea.
—¿Y si lo hago mientras lanzo magia curativa al mismo tiempo? ¿Sería mejor? —propuso apresuradamente.
Tras un silencio muy muy largo, Seiichirou respondió con cara inexpresiva: —Entonces lo dejaremos en una vez cada dos semanas.
Durante los siguientes tres días, los sirvientes observaron sonrientes cómo Aresh hacía todo lo posible por consolar al enfurruñado Seiichirou.